A veces gritamos y no nos escuchan, hacemos el tonto y no llamamos la atención. Nos perdemos dentro de un lío de ideas que llenan nuestra cabeza, mil problemas que tenemos y otros mil que nos inventamos. Y no sabemos apreciar las cosas pequeñas.
Estuve en un parque. Iba a coger el autobús, pero un chico dejó su entrenamiento por estar conmigo, y cuando vi aparecer su bicicleta por la calle no pude evitar sonreír. Le hice andar hasta que se perdió, le conté cosas hasta que no sabía si era él o yo la que hablaba, y acabamos sentándonos en la rivera del río que parte nuestra ciudad por la mitad. No suele pasar mucha gente, y a esa hora no pasaba nadie.
Es bonito. Entre tus dedos resbala una hierba fría, respiras el aire que acaban de soltar los árboles, y no oyes nada, sólo su voz. Esperaba que pasase desde que apareció en la parada, pero en el momento en que te mira a los ojos y se hace el silencio tu corazón se emociona igualmente. Y te besa. Dulce, con cariño. Te sientes querida, te sientes importante, con un lugar, pero cuando se aparta de golpe lo entiendes tú también. Es tu capricho y es su esperanza. Sueñas con encontrar tu sitio, pero sabes que él no te lo puede dar, o te niegas a darle la oportunidad. Lloras en tu cuarto a latido y medio, y te sientes ahogada, aunque todo el mundo te diga lo bien que tienes que estar, lo poco que merece llorar, lo mucho que vales, lo bella que estás.
Eso me da igual. Y confieso que miro sus fotos, las de unos campamentos que me hicieron volar, y cambio de perfil en facebook y miro también las del otro, tantos besos que no volveré a probar. Y Dios, por una vez en la vida me siento vacía.
Y me prometo que no volveré a amar, aunque me mienta a mí misma y siga buscando hasta dejar de respirar.
Estuve en un parque. Iba a coger el autobús, pero un chico dejó su entrenamiento por estar conmigo, y cuando vi aparecer su bicicleta por la calle no pude evitar sonreír. Le hice andar hasta que se perdió, le conté cosas hasta que no sabía si era él o yo la que hablaba, y acabamos sentándonos en la rivera del río que parte nuestra ciudad por la mitad. No suele pasar mucha gente, y a esa hora no pasaba nadie.
Es bonito. Entre tus dedos resbala una hierba fría, respiras el aire que acaban de soltar los árboles, y no oyes nada, sólo su voz. Esperaba que pasase desde que apareció en la parada, pero en el momento en que te mira a los ojos y se hace el silencio tu corazón se emociona igualmente. Y te besa. Dulce, con cariño. Te sientes querida, te sientes importante, con un lugar, pero cuando se aparta de golpe lo entiendes tú también. Es tu capricho y es su esperanza. Sueñas con encontrar tu sitio, pero sabes que él no te lo puede dar, o te niegas a darle la oportunidad. Lloras en tu cuarto a latido y medio, y te sientes ahogada, aunque todo el mundo te diga lo bien que tienes que estar, lo poco que merece llorar, lo mucho que vales, lo bella que estás.
Eso me da igual. Y confieso que miro sus fotos, las de unos campamentos que me hicieron volar, y cambio de perfil en facebook y miro también las del otro, tantos besos que no volveré a probar. Y Dios, por una vez en la vida me siento vacía.
Y me prometo que no volveré a amar, aunque me mienta a mí misma y siga buscando hasta dejar de respirar.

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