Ahogaba su alma en el ruido de la gente que pasaba a su lado estrechando su rumbo, le empujaba haciendo caer las lágrimas que le impedían ver y se volvía a enderezar fingiendo preocuparse por personas que no se daban cuenta de que estaba allí. Aquella tarde se había hecho noche a base de pasos sin destino y puertas de bares que no cerraban bien, de abandonar copas vacías para tragar otras llenas, quemando cada vez una garganta que se cansaba de beber. Después del último chute le pareció tener las cosas más claras. Tal vez no más claras, pero sí con más decisión. O tal vez no era decisión, simplemente un desgaste que le hizo perder la paciencia, perder las ganas, no encontrar el sentido y dejar de vivir para sobrevivir, así perdió la cabeza.
Ya sin ver un mañana, llegó a casa con la mirada vacía, sus ojos azules sin impresión, la cabeza baja y sus pies arrastrando un peso más difícil de llevar que el de su cuerpo... arrastraba sus ganas de vivir, embriagada por una mezcla de alcohol, coca y un asco profundo a la vida que le había tocado tener.
¿Qué eran en aquellos momentos los colegas que compartían fiesta contigo? ¿Qué eran aquellos encuentros con mil labios que no te daban más? En el fondo sabía lo que le faltaba, y era él. Él y el calor de una familia, el haberlo perdido todo por dejarlo escapar, el acordarse de sus padres y saber que jamás le mirarían a la cara, y el echar de menos el único abrazo que sintió de verdad cuando sus días aún no tenían un tono gris polvo.
Dejó caer las llaves en la mesa con un golpe seco. Lanzó las zapatillas como le pareció y se quedaron colgando por los cordones de una lámpara medio caída. Ése era su piso: cuatro muebles, el baño y la cama. Su sofá eran cuatro cojines en el suelo, y su cocina... un hornillo que usaba más para calentar sus evasiones que su comida.
Se acercó al baño, viendo tan solo un camino en toda la casa. No había opción de ir a dormir, ni de comerse la pizza que esperaba fría en la mesa. No podía cambiar un rumbo que ya había marcado desde hace tiempo y que por fin iba a tomar, empujada por un montón de manos que la querían ver en el suelo. En lo más hondo, cayendo a la sima de la que sabía ella tan bien como sus asesinos que jamás saldría. Jamás.
De un cajón cogió una fría pieza que le rasgó la mano, tiñiendo de rojo las baldosas. Apretaba con fuerza, el cuerpo tenso por el saber de lo que te está esperando tras la puerta. Una puerta que cerró pintando el pomo, dejando una última firma de su apestosa existencia. Se acurrucó como pudo bajo un chorro de agua que le empapó la ropa, le hizo sentirse pesada y le relajó el alma. Caliente, como aquel abrazo, del que se sentía más cerca si cerraba los ojos. Así, imaginando estar entre sus brazos, abrió la mano y sujetó con fuerza aquella cuchilla fría, sin piedad, y sonriendo como quien se libera de una carga, abrió su vida derramándola por el brazo, con una herida tan grande como su pena. Poco a poco notaba cómo el agua cogía color y rindiéndose al placer de soñar, le dedicó su último suspiro a todo aquello que un día quiso y perdió.
Se apagó, encerrada en el baño en una nube de vapor, pintando del rojo que perdían sus mejillas una bañera que lloraba.
Y el mundo seguía fuera. Su piso estaba vacío. Y ella se había ido.
Ya sin ver un mañana, llegó a casa con la mirada vacía, sus ojos azules sin impresión, la cabeza baja y sus pies arrastrando un peso más difícil de llevar que el de su cuerpo... arrastraba sus ganas de vivir, embriagada por una mezcla de alcohol, coca y un asco profundo a la vida que le había tocado tener.
¿Qué eran en aquellos momentos los colegas que compartían fiesta contigo? ¿Qué eran aquellos encuentros con mil labios que no te daban más? En el fondo sabía lo que le faltaba, y era él. Él y el calor de una familia, el haberlo perdido todo por dejarlo escapar, el acordarse de sus padres y saber que jamás le mirarían a la cara, y el echar de menos el único abrazo que sintió de verdad cuando sus días aún no tenían un tono gris polvo.
Dejó caer las llaves en la mesa con un golpe seco. Lanzó las zapatillas como le pareció y se quedaron colgando por los cordones de una lámpara medio caída. Ése era su piso: cuatro muebles, el baño y la cama. Su sofá eran cuatro cojines en el suelo, y su cocina... un hornillo que usaba más para calentar sus evasiones que su comida.
Se acercó al baño, viendo tan solo un camino en toda la casa. No había opción de ir a dormir, ni de comerse la pizza que esperaba fría en la mesa. No podía cambiar un rumbo que ya había marcado desde hace tiempo y que por fin iba a tomar, empujada por un montón de manos que la querían ver en el suelo. En lo más hondo, cayendo a la sima de la que sabía ella tan bien como sus asesinos que jamás saldría. Jamás.
De un cajón cogió una fría pieza que le rasgó la mano, tiñiendo de rojo las baldosas. Apretaba con fuerza, el cuerpo tenso por el saber de lo que te está esperando tras la puerta. Una puerta que cerró pintando el pomo, dejando una última firma de su apestosa existencia. Se acurrucó como pudo bajo un chorro de agua que le empapó la ropa, le hizo sentirse pesada y le relajó el alma. Caliente, como aquel abrazo, del que se sentía más cerca si cerraba los ojos. Así, imaginando estar entre sus brazos, abrió la mano y sujetó con fuerza aquella cuchilla fría, sin piedad, y sonriendo como quien se libera de una carga, abrió su vida derramándola por el brazo, con una herida tan grande como su pena. Poco a poco notaba cómo el agua cogía color y rindiéndose al placer de soñar, le dedicó su último suspiro a todo aquello que un día quiso y perdió.
Se apagó, encerrada en el baño en una nube de vapor, pintando del rojo que perdían sus mejillas una bañera que lloraba.
Y el mundo seguía fuera. Su piso estaba vacío. Y ella se había ido.

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