Y llega el turno de los clichés. Algo nuevo, semi inesperado que coge un bate de béisbol y te arrea tan fuerte en la cabeza que te mueve hasta los recuerdos al nacer. Y, obviamente, te deja inconsciente. Y cuando despiertas todo está del revés, no encuentras lo que se supone que tenía que estar ahí, ni crees en las mismas cosas, ni si quiera encuentras lo que solías sentir. Y lo peor de todo, te deja sola para que te apañes y cambies todo lo que hay fuera o lo que hay dentro. Lo fácil: adaptar tu mundo exterior, y que les duela a otros a parte de a ti. Lo doloroso: callar y dejar las cosas como están, cambiando sin que nadie sepa la que se ha liado en tu cabeza. Porque se ha liado muy gorda.
Y entonces estás sola, hagas lo que hagas, y pierdes decidas lo que decidas.
Él lo soltó una vez. Algo sobre la zona de confort. Sonó de pasada y no lo escuché, pero ahora lo tengo con otras tres mil voces gritándome al oído. Y lo primero que me da por contestar es: ¿y qué me ofreces tú que compense aunque sea un poco lo que acabas de hacerme? Y no responde. No compensará, porque no tiene que hacerlo. La que tendría que compensar soy yo. Pero sin quererlo ha cogido el derecho a lo que nunca, jamás, le dejaría a nadie: hacerme dudar.
Y entonces estás sola, hagas lo que hagas, y pierdes decidas lo que decidas.
Él lo soltó una vez. Algo sobre la zona de confort. Sonó de pasada y no lo escuché, pero ahora lo tengo con otras tres mil voces gritándome al oído. Y lo primero que me da por contestar es: ¿y qué me ofreces tú que compense aunque sea un poco lo que acabas de hacerme? Y no responde. No compensará, porque no tiene que hacerlo. La que tendría que compensar soy yo. Pero sin quererlo ha cogido el derecho a lo que nunca, jamás, le dejaría a nadie: hacerme dudar.
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